Afrontar la Muerte y Morir Bien (por El Dalai Lama)

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La cuestión de afrontar la muerte de una manera pacífica es muy difícil. Según el sentido común, parece haber dos maneras de tratar el dolor y el problema de la muerte. La primera consiste en intentar sencillamente eludir el problema, en alejarlo de la mente, aunque la realidad del problema sigue ahí y no se la puede minimizar. Otra manera de tratar el tema es mirar directamente el problema y analizarlo, familiarizarse con él y dejar bien claro que es parte de todas nuestras vidas.

Ya he tratado el tema del cuerpo y la enfermedad. La enfermedad ocurre. No es algo excepcional; forma parte de la naturaleza y es una realidad de la vida. Acontece porque el cuerpo está ahí.

Desde luego, tenemos todo el derecho a evitar la enfermedad, pero a pesar de ese esfuerzo, cuando ésta se produce lo mejor es aceptarla. Aunque uno debe esforzarse por curarla lo antes posible, no hay que imponerse otra carga mental. Como dijo el gran erudito indio Shantideva: ««Si hay una manera de vencer el dolor, no hace falta preocuparse; si no hay manera de vencer el dolor, no vale la pena preocuparse». Ese tipo de actitud racional es muy útil.

Ahora quiero hablar de la muerte, que es parte de todas nuestras vidas. Nos guste o nos disguste, algún día ocurrirá. Antes que evitar pensar en ella, conviene entender su sentido. En las noticias vemos con frecuencia asesinatos y muertes, pero algunas personas parecen creer que la muerte sólo les ocurre a otros, no a ellas mismas. Esa actitud es errónea. Todos tenemos el mismo cuerpo, la misma carne humana, y por lo tanto todos moriremos. Hay, por supuesto, una gran diferencia entre la muerte natural y la muerte accidental, pero en definitiva la muerte vendrá tarde o temprano. Si desde el comienzo nuestra actitud es: ««Sí, la muerte es parte de nuestras vidas», quizá nos cueste menos enfrentarnos a ella.

Por lo tanto, hay dos maneras distintas de tratar un problema. Una es sencillamente eludirlo no pensando en él. La otra, que es mucho más eficaz, consiste en afrontarlo directamente para tener conciencia de él. En general, hay dos tipos de problema o sufrimiento: con un tipo es posible que, adoptando cierta actitud, uno pueda reducir de verdad la fuerza y el nivel de sufrimiento y angustia. Sin embargo, quizá existan otros tipos de problema y de sufrimiento para los que el hecho de adoptar cierto tipo de actitud y manera de pensar tal vez no reduzca necesariamente el nivel de sufrimiento, pero de todos modos lo prepara a uno para enfrentarse a él. Cuando suceden cosas desgraciadas en nuestras vidas, hay dos resultados posibles. Una posibilidad es la inquietud mental, la angustia, el miedo, la duda, la frustración y finalmente la depresión y, en el peor de los casos, hasta el suicidio. Ése es un camino. La otra posibilidad es que debido a esa experiencia trágica uno se vuelva más realista, se acerque más a la realidad. Con el poder de indagación, la experiencia trágica quizá lo fortalezca a uno y le dé más independencia y confianza en sí mismo. El hecho desgraciado puede ser una fuente de fortaleza interior.

El éxito de nuestra vida y de nuestro futuro depende, como he dicho, de nuestra motivación y determinación o confianza individual. Mediante experiencias difíciles, la vida adquiere a veces más sentido. Si nos fijamos en personas que lo han tenido todo desde el comienzo de su vida, vemos que cuando les ocurren cosas nimias pronto se irritan o pierden la esperanza. Otras, como la generación de ingleses que vivieron la experiencia de la segunda guerra mundial, han desarrollado actitudes mentales más fuertes a consecuencia de sus infortunios. Creo que la persona que ha padecido más infortunios puede afrontar con mayor firmeza los problemas que la persona que no ha conocido el sufrimiento. Desde este punto de vista, un poco de sufrimiento puede ser una buena lección para la vida.

Pero ¿esta actitud es sólo una manera de engañarnos? Personalmente, he perdido mi país y, lo que es peor, en mi país ha habido mucha destrucción, sufrimiento y desdicha. Yo he pasado no sólo la mayor parte de mi vida sino la mejor parte de ella fuera del Tíbet. Si uno lo piensa sólo desde ese ángulo, difícilmente encontrará algo positivo. Pero desde otro ángulo, se puede ver que a causa de esos hechos desafortunados yo he tenido otro tipo de libertad, por ejemplo la oportunidad de conocer a personas diferentes de distintas tradiciones y también de conocer a científicos de varios campos. Esas experiencias han enriquecido mi vida, y he aprendido muchas cosas valiosas. Así que mis experiencias trágicas también han tenido aspectos valiosos.

Mirar los problemas desde esos diferentes ángulos alivia la carga mental o la frustración mental. Desde el punto de vista budista, cada acontecimiento tiene muchos aspectos, y desde luego puede ser visto desde muchos ángulos diferentes. Es muy raro o casi imposible que un acontecimiento pueda ser negativo desde todos los puntos de vista. Resulta útil, por lo tanto, cuando algo ocurre, tratar de observarlo desde diferentes ángulos, así se le pueden ver los aspectos positivos o beneficiosos. Además, si algo ocurre, resulta muy útil compararlo inmediatamente con otro acontecimiento o con los acontecimientos de otros pueblos u otras naciones. Eso también ayuda mucho a sustentar la paz mental.

Ahora, como monje budista, explicaré de qué manera se debe afrontar la muerte. Buda enseñó los principios de las cuatro nobles verdades, la primera de las cuales es la de la causa del sufrimiento. Ésta se enseña dentro del contexto de tres características de la existencia, de las cuales la primera es la impermanencia. Al hablar de la naturaleza de la impermanencia, debemos tener en cuenta que hay dos niveles. Uno es el nivel ordinario, que resulta muy evidente, y es el cese de la prolongación de una vida o de un acontecimiento. Pero la naturaleza impermanente que se enseña en relación con las cuatro nobles verdades se refiere al aspecto más sutil de la impermanencia, que es la naturaleza transitoria de la existencia.

La enseñanza budista de los aspectos más sutiles de la naturaleza impermanente de la existencia apunta a establecer un reconocimiento de la naturaleza fundamentalmente insatisfactoria de nuestra existencia. Si se entiende correctamente la naturaleza de la impermanencia, se entenderá también que eso revela que todos los seres existentes que advienen causalmente, es decir, que han sucedido como consecuencia de causas y condiciones, dependen totalmente de éstas para su existencia.

No sólo eso: las mismas causas y condiciones que los han producido también ocasionan la desintegración y la extinción de esas mismas entidades. Así, dentro de la semilla de la causa de los acontecimientos está la semilla de su extinción y desintegración. Cuando esto se relaciona con la comprensión de la naturaleza impermanente de nuestros agregados, el cuerpo y la mente, la causa se refiere a nuestro propio ignorante estado mental, que es la raíz de nuestra existencia, y esto revela que nuestra misma existencia física, nuestra existencia corporal, está gobernada en gran medida por un ignorante estado mental.

Pero es la reflexión sobre los niveles más ordinarios de la impermanencia lo que finalmente nos lleva al reconocimiento de los niveles sutiles de impermanencia. Y con eso uno podrá afrontar y contrarrestar su apego a la permanencia o existencia eterna de la propia identidad o yo, porque es este apego a la permanencia lo que nos fuerza a aferrarnos a este ««ahora», es decir, solamente a los asuntos de la vida presente. Si dejamos de aferrarnos y resistimos dentro de nosotros, estaremos en una mejor posición para apreciar el valor de trabajar por nuestras vidas futuras.

Una de las razones por las que la conciencia de la muerte y de la impermanencia resulta tan decisiva en la práctica religiosa budista es que se considera que nuestro estado mental en el momento de la muerte tiene un enorme efecto en la determinación de la forma de renacimiento que tendremos. Que el estado mental sea positivo o negativo tendrá un gran efecto. Por lo tanto, la práctica religiosa budista subraya mucho la importancia de la conciencia de la muerte y de la impermanencia.

Aunque el principal propósito de un alto grado de conciencia de la impermanencia es entrenarnos para que a la hora de la muerte nos encontremos en un estado de ánimo virtuoso y positivo y se nos asegure un renacimiento positivo, hay otros beneficios. Uno de los efectos secundarios positivos de mantener un grado muy alto de conciencia de la muerte es que prepara al individuo de manera tal que, al enfrentarse a ella, estará en mejor posición para conservar su presencia de ánimo. Sobre todo en el budismo tántrico, se considera que el estado mental que uno experimenta en el instante de la muerte es extremadamente sutil y, debido a la sutileza del nivel de esa conciencia, también tiene un gran poder e impacto sobre nuestro contínuum mental. Por lo tanto, en las prácticas tántricas encontramos mucho énfasis en las meditaciones relacionadas con la muerte y también reflexiones sobre el proceso de la muerte, de manera que en el momento de morir el individuo no sólo conserva su presencia de ánimo sino que está en posición de utilizar con eficacia ese sutil estado de conciencia para la realización del camino.

Por eso es por lo que encontramos que muchas meditaciones tántricas -conocidas técnicamente como las ««meditaciones yoga de deidades» porque son meditaciones sobre deidades- involucran el proceso de disolución, ya que reflexionan sobre la disolución de los elementos que experimenta el individuo en el instante de la muerte. En realidad, desde la perspectiva tántrica, todo el proceso de la existencia se explica en términos de las tres etapas conocidas como «muerte», «el estado intermedio» y «renacimiento». Se ven esas tres etapas de existencia como estados o manifestaciones de la conciencia y las energías que la acompañan o impulsan, de manera que el estado intermedio y el renacimiento no son otra cosa que diversos niveles de la sutil conciencia y energía. Encontramos un ejemplo de esos estados fluctuantes en nuestra existencia diaria, cuando en el día de veinticuatro horas pasamos por un ciclo de sueño profundo, el período de vigilia y el estado onírico. En realidad, esas tres etapas caracterizan nuestra existencia diaria.

Al hablar sobre las distinciones que se hacen en la literatura tántrica entre los niveles sutil y ordinario de conciencia y mente, pienso que es importante tener en cuenta a qué nos referimos exactamente cuando decimos <«conciencia mental». La gente a menudo tiene la impresión de que cuando hablamos de la sexta conciencia mental es que hay algún tipo de conciencia autónoma totalmente independiente de los estados corporales y que es, en cierto sentido, el equivalente del alma. Eso es un malentendido. Personalmente, creo que si examináramos nuestro mundo mental encontraríamos que la mayoría de nuestros estados y funciones mentales tienen correlatos físicos directos. No sólo la conciencia sensorial, sino también gran parte de lo que podríamos llamar conciencia mental, tiene bases fisiológicas y está íntimamente vinculada con los estados corporales, así como el cerebro y el sistema nervioso, según los científicos, son las bases fisiológicas primarias de gran parte de nuestra experiencia consciente. Por lo tanto, cuando los estados corporales cesan, esas funciones mentales también cesan.

Pero la verdadera pregunta es: ¿qué es lo que hace posible que ciertas sustancias físicas o estados fisiológicos den origen a un suceso mental o a un estado de consciencia? La explicación budista, especialmente la tántrica, apunta hacia lo que se conoce como el estado sutil de Clara Luz, que puede verse como algo independiente de una base fisiológica. Y ese estado mental de Clara Luz es el nivel más sutil de conciencia y el que, al interactuar con la base fisiológica, da origen a todos nuestros sucesos conscientes y cognitivos.

Hay indicios seguros de la existencia de lo que llamamos el estado mental de Clara Luz. Hay incidentes que en general tienden a ser más posibles para los adeptos religiosos. Por ejemplo, entre la comunidad tibetana en el exilio ha habido casos de personas que han sido declaradas clínicamente muertas, es decir, su cerebro ha dejado de funcionar y está muerto pero la descomposición del cuerpo no ha empezado, y que permanecen en ese estado durante días y días. Por ejemplo, mi difunto tutor, Kyabje Ling Rinpoche, permaneció en ese estado durante trece días. Fue declarado clínicamente muerto y ya había experimentado la muerte cerebral, pero su cuerpo se conservó fresco y no se descompuso durante trece días.

Eso debe tener alguna explicación. La explicación budista es que, durante ese estado, el individuo no está realmente muerto, sino en el proceso de morir. Los budistas dirían que aunque la relación mente-cuerpo ha cesado en el nivel más burdo, más ordinario, no ha cesado en el nivel sutil. Según una determinada literatura tántrica conocida como la Guhyasamaja Tantra, cuando un individuo pasa por el proceso de la muerte, hay un cierto proceso de disolución. De esa disolución al estado de Clara Luz hay un ciclo de inversión, y cuando ese ciclo alcanza cierta etapa, comienza una nueva vida llamada renacimiento. Entonces ese renacimiento permanece, y el individuo vuelve a pasar por un proceso de disolución. En cierto modo, la muerte está en el estado intermedio cuando los elementos se disuelven en la Clara Luz y de allí salen de nuevo bajo otra forma. Por lo tanto, la muerte no es más que esos puntos intermedios, cuando los diversos elementos fisiológicos del individuo se disuelven en el punto de la Clara Luz.

En cuanto al verdadero proceso de disolución de los diversos elementos, la literatura menciona diferentes estados de disolución y los signos que los acompañan. Por ejemplo, en el caso de la disolución de los niveles de elementos más ordinarios, hay signos e indicios tanto internos como externos que marcan la disolución. Cuando se trata de los elementos sutiles, sólo hay signos internos, como visiones, y así sucesivamente. Ha habido cada vez más interés entre los científicos que estudian la muerte en esas descripciones del proceso de disolución, en particular en los signos internos y externos. Como budista, creo que es muy importante que estemos atentos a las investigaciones científicas en marcha. Sin embargo, debemos poder distinguir entre fenómenos que todavía no han sido comprobados por la metodología científica existente y fenómenos que se puede considerar refutados por la investigación y los métodos científicos. Yo diría que si determinado fenómeno aparece refutado por la ciencia, mediante la investigación y los métodos científicos, como budistas deberemos respetar esas conclusiones.

En cuanto uno se familiariza con la muerte, en cuanto uno adquiere algunos conocimientos sobre sus procesos y reconoce sus señales externas e internas, está preparado para ella. Según mi propia experiencia, todavía no estoy seguro de que en el momento de morir vaya a utilizar todos esos ejercicios para los que me he preparado. ¡No tengo ninguna garantía! Pero a veces, cuando pienso en la muerte, siento una cierta excitación. En vez de miedo, tengo una sensación de curiosidad, y eso me facilita mucho la aceptación de la muerte. Me pregunto hasta qué punto puedo utilizar esos ejercicios. Por supuesto, mi único pesar si muriera hoy es: «¿Qué le ocurrirá al Tíbet? ¿Qué pasará con la cultura tibetana? ¿Y los derechos de los seis millones de tibetanos?». Ésa es mi preocupación. Fuera de eso, casi no siento miedo a la muerte. ¡Quizá tenga una confianza ciega! Es bueno, por lo tanto, reducir el miedo a morir. En mis oraciones diarias me formo una imagen mental de ocho yogas de deidades diferentes y de ocho muertes distintas. Tal vez cuando la muerte haga acto de presencia fracase toda mi preparación. ¡Espero que no!

De todas maneras, pienso que esa costumbre es mentalmente muy útil para afrontar la muerte. Aunque no exista una próxima vida, resulta provechosa si quita el miedo. Y como hay menos miedo, uno puede estar más preparado. Como para una batalla, sin preparación existen muchas probabilidades de que uno pierda, pero si está bien preparado, las probabilidades de defenderse aumentan. Por lo tanto, si uno está bien preparado en el momento de la muerte, puede conservar la paz de espíritu. La paz de espíritu en el momento de morir es la base para cultivar la correcta motivación, y ésa es la garantía inmediata de un buen renacimiento, de una mejor vida futura. En particular para el adepto del Mahaanuttarayoga Tantrayana, la muerte es una de las raras oportunidades para transformar la mente sutil en sabiduría.

En cuanto a lo que nos espera después de la muerte, los budistas hablan de tres reinos de existencia, conocidos técnicamente como ««el reino de la forma», «el reino de lo informe» y «el reino del deseo». Tanto el reino de la forma como el del deseo tienen una etapa intermedia antes de que uno renazca, conocida como ««el estado intermedio». A lo que apunta todo esto es a que, aunque la ocasión de la muerte nos proporciona la mejor oportunidad para utilizar nuestro nivel más sutil de conciencia, transformándolo en un camino de sabiduría, si no podemos aprovechar eficazmente esa oportunidad hay un estado intermedio que, aunque es más ordinario que en el instante de la muerte, es mucho más sutil que la conciencia en el instante del renacimiento. Así que hay otra oportunidad. E incluso si no podemos aprovecharla, existe el renacimiento y un ciclo que continúa.

Entonces, para aprovechar la maravillosa oportunidad concedida en el momento de la muerte y, después de eso, durante el estado intermedio, lo primero que necesitamos es adiestrarnos a fin de poder utilizar esos momentos. Para ello, el budismo enseña al individuo a aplicar varias técnicas durante los estados de ensueño, sueño profundo y vigilia.

Para terminar, pienso que en el momento de la muerte una mente tranquila resulta esencial, crea uno en lo que crea, sea el budismo o alguna otra religión. En el momento de la muerte, el individuo no debería tratar de sentir ira, odio, etcétera. Eso es muy importante en el nivel convencional. Creo que hasta los no creyentes entienden que es mejor morir de una manera pacífica.

Es algo mucho más feliz. Para los que creen en el cielo o en algún otro concepto, también es mejor morir de manera pacífica con el pensamiento puesto en el Dios propio o en la creencia en fuerzas superiores. Para los budistas y también para otras antiguas tradiciones indias que aceptan la teoría del renacimiento o del karma, por supuesto que un estado mental virtuoso en el momento de la muerte es beneficioso.

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